Un perro poblano

Poseedor del viento mediante la doctrina que sentencia insectos por simple biselar, cae en noche la contrición para comenzar la pesquisa de perfección inhalante. Cabal forjado de constante tránsito giratorio, acelera el anhelo de inquirir postergado en el incierto, propenso para replicar aquella absurda ansia de dominar este análogo.

Codicia de vanagloria anatómica amparo con serena unión, resiste la porción adulante que además cede al placer de decapitar. Viento abrumas con aquél exclusivo sentido, penetrando en la persuasión de ésta inservible metodología, en cuanto reviertas, accedo a derivar, indicio de continua excusa del humano del infausto designio

Las putas rosas han florecido.

Rosa Fiel – Parte I

¡Qué guapo se ve mi papá! Su sombrero negro pantalones bombachos y su saco largo con una flor blanca en su pecho, sus zapatos, que también son negros, destellan un brillo impresionante que parece que combinan con su bigote. Mi padre se encuentra listo para salir a bailar mambo, mi madre lo ayuda a cambiarse y le pone grasa a su cabello para que le quede bien fijo. Simplemente nos encanta su transformación cada noche de sábado; se despide de nosotras con un cariñoso beso en la frente y se retira a mostrar sus mejores pasos, por lo que inmediatamente mi madre nos remite a dormir. Comenzamos a insistir mis hermanas y yo, deseábamos saber la historia del cómo se conocieron, percibo su aspecto de cansancio, supongo que lo hace a propósito para que la dejáramos dormir, su obligación es cuidarnos toda la noche mientras papá convivía; aquella regla familiar si se llegara a romper se castigaría con golpes y patadas.

Muy atentas, nuestra madre, comienza su historia la cual se las cuento: Ella vivía en alguna vecindad de Iztapalapa, tenía quince años cuando la dejaba por fin salir de su casa, aunque solamente para ir al mercado o a la tienda cuando faltaba algo en la cocina. Durante esas pocas salidas, se encontraba con muchos chavos que la perseguían, no entendía algunos por qué la molestaban, una vez hasta agarró la ropa de mi abuelo, se recogió su cabello y salió a la calle a comprar los ingredientes para la comida del día, cuando regresaba tenía que plancharla de nuevo de inmediato para que no se diera cuenta, fueron pocos días que pudo vestirse así, hasta que mi abuela la cachó y le metió unas cachetadas por ser poca mujer, no le quedó más remedio que seguir saliendo con la falda larga negra y blusa blanca que únicamente tenía. Mi mamá contaba que se ponía nerviosa cada vez que le silbaban, sentía temor por que le hicieran algo, salía con la cara agachada y regresaba igual, era siempre la misma ruta, por más que trataba de esconderse con las bolsas de mandado aún así le silbaban y le decían piropos, ya no sabía qué hacer, un día un chavo se le acercó y la detuvo, le pedía que le ayudaba a cargar su bolsas, pero mi mamá no quería e intentaba seguir derecho pero él se lo impedía, de repente entró un hombre de traje, bigote y con una edad aproximadamente de treinta años, guapo, fuerte y con un olor a perfume, muy rico, que podía tapar la pestilencia de todo un contenedor de basura, le dice “Oye mijo deje a la señorita” aquel chavo sin dudarlo se retiró con su manos arriba en son de paz y mi madre se quedó por fin quieta ante tal acontecimiento, agachada voltéa y le dice “Gracias”, ella retorna a su camino directo a la casa, aquel señor se quedó solamente mirándola. Este personaje heróico, era el médico de la colonia, tenía su consultorio a dos cuadras del mercado, a partir de ese primer encuentro, siempre a la misma hora, llegaba al mismo lugar con tal de ver pasar a mi madre, con el pretexto de protegerla, al medio día, platicaban de lo que él hacía ya que mi madre no es de mucho hablar. Un día le dijo que le gustaba, pero ella no sabía qué hacer, hasta que se lo contó a mi abuela, y está misma se lo contó a mi abuelo, por lo que le tocó una de la tantas regañadas, mi abuelo la golpeó tan fuerte que la desmayó, por lo que la nueva regla de la casa era que mi abuela le contara el tiempo que iba y regresaba del mercado. Aquel médico la seguía esperando, pero de lejos se veían, pasaron tantos días hasta que dejó de verlo, se sentía destrozada, no tenía más remedio que olvidar aquellos encuentros de vista. Pensó un día hacerse la enferma para ir a visitarlo, pero pues mi madre era tan saludable que lo máximo que alcanzaba era una gripa al año. Una noche, cuando se encontraba sola con mi abuela tejiendo, tocaron aquella puerta de metal azul oxidada, mi madre la abrió, sin aparecer nadie, había un pequeño ramo de rosas en el suelo, dentro había un tarjeta que decía “Para la mujer más bonita que he admirado. -Doroteo Luis.” ese es el nombre de mi padre, esos regalos los empezó enviar cada tercer día a la casa de mi madre, mi abuela se empezó a interesar por él, tanto que lo invitó un día a cenar a la casa, pidió la aprobación del noviazgo, y se casaron al año. Una vez casados se supo que no era el médico de la colonia, sino que era el chalán, y que aquellos regalos era comprados por el verdadero doctor pero que él ponía las tarjetas a su nombre.[continuará]

Elena – Parte Final

Este jueves por fin se sentía con alivio, ya se acercaba más el día de dejar de soportar a sus compañeros y retornar a su amado pueblo, Elena no lo peló en ningún momento, pero hoy era la excepción, cuando se encontraban en el receso la voz tenue y desesperante de ella hacía resonar su nombre en tono de auxilio, Jacinto abre más sus ojos con impacto, el trasero aplastado y machacado por fin se levantaría de aquella banca ya caliente de su parte izquierda, Jacinto sale del salón de prisa, pero sus pies se topan con un cordón estirado por dos compañeros del salón al momento de pasar, no pudo percatarse de ello, cae boca abajo pero las manos reaccionaron antes de tocar el suelo, aún así sus palmas se rasparon, aquellos compañeros se echaron a correr riéndose mientras Elena con sus amigas se morían de risa, “Te lo dije” le mencionan a Elena, muriéndose de risa se van caminando por los grandes portales de aquel colegio. Jacinto levantándose y molesto solo escupe en el suelo y vuelve a meterse al salón, ese enojo no lo pudo contener, el resto de la clase se la pasó viendo a sus compañeros con cara de odio, y a Elena, solo podía mirar el cabello oscuro y reluciente que cubría su nuca.

Llega una visita a la pequeña casa provisional del profesor, Jacinto solo escuchaba aquellas voces mientras se la pasaba acostado mordiendo un tallo que se encontró en una maceta de alguna de sus vecinos, eran las nueve de la noche, hora en el que se tenía que apagar todos los quinqués, “Ya estamos listos, vete por tu parte” lo menciona aquella voz desconocida pero que sonaba de algún aristócrata de por aquí, el profesor le dice que solo va esperar un día más y que se encontraba muy entusiasmado, los dos salieron de la casa en su continua discusión sobre como era la hacienda del pueblo de donde daba clases, Jacinto solo veía el techo y comienza a imaginar qué hacer cuando tuviera mucho dinero, estaba seguro de que contrataría como sirvientes a sus compañeros que lo tiraron y que los pondría a alimentarse junto con los puercos para que aprendieran a trabajar en tierra ajena. Jacinto se queda dormido.

El resplandor del sol entra por aquella ventana estrecha que se encuentra en la pared derecha del salón de clases, es otra clase aburrida en donde todos tenían que pasársela escribiendo en sus hojas lo que dictara aquel profesor, Jacinto escribía con letra pequeñísima en su diminuta pizarra lo que lograba entender, el profesor Efraín voltea y señala a Elena para que se parará, “¿En qué año fue promulgada la constitución de Cádiz señorita?” le pregunta en tono de enojo, Elena se encontraba mirando el suelo, no sabía la respuesta, duró por lo menos un minuto hasta que uno de sus compañeros le grito que era una burra, el profesor agarra aquella tabla con números y le da tres golpes en la cabeza a ese compañero, se puso a llorar en silencio, de inmediato le agarra el hombro a Elena y la pone en la esquina derecha del salón, mirando hacia la pared, el profesor levanta la tabla delgada a una altura de querer alcanzar el techo, y la baja con rapidez para pegarle en su cabeza, Elena casi se cae al suelo por enorme golpe, la vuelve a levantar y volvió alzar la tabla, al momento de volverla a bajar una mano morena la intercede, Jacinto con su mano toda dolorida le quita la tabla aventándola, cierra su puño y le suelta un golpe en la cara que el profesor Efraín cae al suelo, al parecer se había desmayado, Jacinto se echa a correr y todos los compañeros fueron a socorrer al profesor, Jacinto corrió con tanta desesperación a su casa provisional, que llegando empieza a guardar sus petates un poco de pan y llena una cantimplora de agua que se encontraba en la mesa, cuando abre la puerta para ya escaparse de la capital se topa con el profesor con el que vivía, le agarra la cabeza “Jacinto de inmediato me contaron el rumor, ¿es cierto?” le dice, Jacinto agachando la cabeza y con ganas de golpearlo haciendo el movimiento de afirmando lo que hizo, “No pensé que reaccionaras tan rápido, vámonos Jacinto que no tardan los pelones”, El profesor y Jacinto tomaron dos caballos que tenía a la vuelta de su casa como preparados para montarlos en cualquier momento, ya cabalgando con toda la rapidez se alejan de la capital, en una desviación el profesor le grita a Jacinto que se fueran por la vereda izquierda, contraria al camino del pueblo de Jacinto, Jacinto le pregunta a aquel profesor: “¿Y a dónde vamos profesor?” -”Nos vamos a Puebla por unas armas, es hora de reclamar lo que nos pertenece Jacinto”.

Primer Borrador
Septiembre-Octubre 2012
Javier Galicia

Elena – Parte 3

La impaciencia de Jacinto hacía que se quedara después de clases con el profesor para aprender más rápido, regresaba a escondidas a la hacienda simulando trabajar de horas antes para que lo viera su padre o el capataz, así se mantuvo durante tres semanas, hasta que un día en la clase el profesor les da una nueva noticia, “Mañana Jacinto me acompañará a la capital por su buen aprovechamiento” todos veían de arrastrado a Jacinto, aunque cuidado que lo miraran feo porque era el patrón de la escuela, cuando alguien llevaba una fruta, Jacinto se la quitaba, cuando se le acababa un gis, Jacinto se lo arrebataba a quién estuviera cerca, cuando alguien se reía, él le daba un zape, a Dionisio lo mandaba por los elotes que preparaba su madre con tal de que lo defendiera cuando todos se burlaban de que no entendía un ejercicio; en el pueblo Jacinto era el más atractivo de las mujeres jóvenes, todas le querían lavar su ropa, él humildemente decidía intercambiar aquel privilegio con una diferente todos lo días, aunque si bien se sabe se ganó su respeto en el pueblo, en la hacienda era un esclavo enamorado de Elena, con este premio que le daba el profesor la volvería ver, el colegio donde estudia ella se encontraba en la capital.

Su viaje a la capital tenía como objetivo conocer una semana las clases del colegio, donde se encontraban, según el profesor, los más inteligentes de México, si bien eso se traduce como los que tienen dinero, Jacinto se imaginaba como los profesores lo adoptaban para quedarse en la capital y estudiar todo el día. El profesor tuvo que hablar con el hacendado para que dejara a Jacinto una semana, lo tuvo que sobornar, apuesta por todo por Jacinto, su madre solo lo persigna, y su padre no le importaba, todo se encontraba listo para la aventura.

Llega aquel segundo primer día de clases, todo se le quedaban viendo al entrar al salón sus botas cafés gastadas, su camisa blanca rasgada y sus pantalones de manta en que le veían hasta los calzones, hay pupitres completos, una mesa con dos sillas, olía todo como recién pintado, había un pequeño levantamiento del piso en el escritorio del profesor, habían niñas sentadas, aunque todas lo veian con aborrecimiento, ahí se encontraba Elena, riendo con una de sus amigas pero que al momento de que se percata de la entrada de él al salón su semblante se torna sería, el nuevo profesor de religión católica y con nombre de Efraín, antes de que se le acercara, le señala donde debía sentarse, y era una banca larga que la ponían hasta atrás del salón para que los padres que querían esperar a sus hijos los esperaran sentados, una vez ubicado en su lugar, el profesor comienza con su clase, Jacinto no entendía nada, hablaba demasiado rápido, cuando preguntaba y no le respondían les pegaba con un trozo de madera con rayas y números escritos, Jacinto pone cara de espantado conforme pasan las horas, el profesor nunca lo atendía ni se percataba de que existía, cuando llega el receso, Jacinto se mantenía sentado y agachado mientras todos se salían, sus actuales compañeros solo se le quedaban viendo y riendo al pasar, las niñas corrían rápido como si tuviera fiebre y se le vaya a contagiar. Jacinto no sabía que hacer, solo se quedó sentado todo el receso y el resto de la clase, así se la llevaría todo aquella semana. Al segundo día le hicieron la broma de ponerle una tachuela a su banca, no gritó y se aguantó hasta que acabara el día, ya que si decía alguna palabra le pegaban y lo corrían de la clase. Al tercer día intento robar unas prendas al profesor que lo llevó a la capital, pero este se dio cuenta, solo le dijo que eso no es de hombres, y que aprendiera todo lo que pudiera, porque tiene fe en él. Jacinto se sentía solo, intentaba hacer sus tareas pero no entendía nada, además ni se las calificarían, aquel profesor que lo llevó y apreciaba mucho se la pasaba todo el día afuera, Jacinto no se atrevía salir, ya que la vez que lo intentó, la gente le gritaba y le daba órdenes de todo tipo, desde abrir  la puerta a la gente, hasta ponerlo a barrer en las banquetas, ya quería regresarse a su pueblo.[continuará]

Elena – Parte 2

Son las nueve de la mañana cuando Jacinto pone el último costal en la pila, suspira profundamente, Elena ya se había ido a desayunar, ahora le toca darle de comer a los caballos, ese trabajo es uno de los favoritos de Jacinto, ya que se la pasa sentado uno por uno dándole hierba y cepillandolo, pero antes de irse para el establo lo llama el capataz, Jacinto lo odiaba, sabía que algún día lo despedirían de la hacienda por un día golpear tan fuerte a una lavandera que mató a su hijo que todavía andaba en su vientre, el capataz con su fuete golpea a Jacinto en su trasero y al mismo tiempo lo apresura porque lo llamaba el patrón, aquel dueño de la hacienda y con apellido que todos debían respetar, Jacinto temeroso entra a la casa, se aprieta su pantalón de manta para que no se le caiga, sudando sin control, no sabía si era por nervios a encontrarse a su hija o porque le iban a mandar a otro pueblo por su puros, “¡Jacinto!” lo escucha a su espalda, voltea y le agarra los hombros entusiasmado, Jacinto pasmado no alza su cabeza para nada, el patrón a pesar de sus años de indiferencia con sus trabajadores ese día parece querer hacer la diferencia, Jacinto parecía ser el afortunado, “Mira te regalo toda está ropa ” Jacinto voltea hacia la sala, era, prendas que el patrón usaba, no lo creía, el patrón de forma insistente lo acerca para aclararlo que todo eso era suyo, en sí nada mas eran tres camisas rotas dos sombreros y aquellas botas relucientes ante el brillo del sol, Jacinto corre lo agarra y le besa la mano a su patrón, “Acuérdate siempre de uno, Jacinto” le dice el patrón antes de irse, Jacinto corriendo a su jacal no espera para ponerse las botas, hasta se ponía a oler las camisas como si fueran flores, aquel olor era el sudor perfumado de su patrón que sin duda era mejor que la de Jacinto cuando no se iba a nadar durante cuatro días seguidos, ya contento, deja su ropa junto a sus sarapes, se pone sus botas nuevas y se echa a correr al establo.

La mañana y la tarde transcurrieron, Jacinto haciendo sus labores felizmente, sentía que le salieron unos cinco callos en sus pies, pero eso no le impedía de andar de un lado a otro, en la noche ya por fin en su descanso, se pone a ver la luna y morder otro tallo que encontró tirado en donde se encuentra recostado, sus ojos cafés brillaban de emoción por la nueva aventura que iba tener al día siguiente, su primer día de clases, se imaginaba como aquellos símbolos raros empezaban a hablar, también como serían sus visitas a la iglesia, entendería que decía cada pintura, la caja de limosnas, los diálogos de los santos, las hojas que leen los patrones que se sientan hasta enfrente, con todo esos pensamientos se quedó dormido, mañana es el gran día.

Jacinto se checa la cosecha, mueve el espanta pájaros y se echa unos pintitos de desayuno, camisa sombrero bota y pizarra en orden, se va a cruzar el río para llegar al pueblo, se echa cinco vueltas corriendo antes de llegar al improvisado salón de clases para secarse, siendo las siete de mañana en punto Jacinto y unos cincuenta y cinco niños ya se encontraban sentados, los que eran del pueblo en sillas de su casa, los lejanos en el suelo, el mayor de edad era Jacinto, el menor era Dionisio de ocho años, el profesor bigotón y con cara de entusiasmo empezó preguntando el nombre de cada uno, y lo escribía su respectivo nombre en la enorme pizarra que colgaba en la pared, después los puso escribir ese nombre en sus pizarras, todos les cuesta trabajo menos a Jacinto. Una vez terminado ese ejercicio prosiguió las matemáticas, comienza poniendo una suma sencilla y nombrando cada número, ”Dos más dos”, al preguntar quién sabía la respuesta, todos alzaron las manos menos Dionisio, aquel profesor pasmado borra la suma, pone otra, pero sin mencionarlo en voz alta, “Ahora quién me dice a qué es igual esto” les pregunta aquel caballero que imparte clases que con contundencia demostró su teoría.[continuará]

Elena – Parte 1

Pareciera que el río corría con urgencia y los pájaros aleteaban con mayor fervor, son las cinco de la mañana y la milpa ya tenía su abono, ahí se encuentra Jacinto sentado en un roca mordiendo un tallo y viendo la puesta de sol, no es más que otro día similar a los demás, en ese ambiente de tranquilidad, Jacinto se pone a pensar como darse a la fuga de sus padres, no le gustaba que le exigieran para todo, desde sostener el hierro mientras su abuelo achataba, hasta amarrar en su frente una silla de madera que colgaba de su espalda para cargar a la hija del patrón y que sentada pasara al otro lado del río, siente que no nació para eso, a Jacinto le encanta contar la milpa, descubrió que contando una hilera de la cosecha y sumándolo las veces que ésta se repite obtiene el total de semillas del campo, si bien eso se conoce como multiplicación para él esto es su invención. Levantándose y escupiendo aquel tallo mordisqueado, Jacinto se dispone a regresar a su jacal para echarse un taco de frijol.

Su madre era la cocinera de la hacienda, por lo que siempre dejaba en el jacal una olla de frijoles y tortillas por si se le abriera el estómago, a la primera mordida mañanera de su taco escucha los llamados de su padre, y cuidado con que Jacinto no acudiera, porque si se las veía feas, su padre era uno de los que luchaba por volverse capataz, por lo que cosa que él mandara tenía que cumplirse, espantado corriendo y con taco en la boca Jacinto huarachudo llega hasta su padre que estaba a unos cuanto metros del jacal, y se echa el taco de un bocado provocándose un diminuto ahogo pero se recuperó pronto, “¡Jacinto! Mañana entras a la escuela” le dice su padre en forma de orden, le da en sus manos una pizarra y dos gises, Jacinto hace su cara de asombro, sabía que a sus dieciséis años por fin aprendería a leer y escribir como los patrones, y que este sería su primer paso para tener su propia hacienda, aunque en el pueblo ya había llegado la noticia de que un señor de la capital se propuso a educar a los jóvenes, él no creía que le tocara, “Vete a guardar esas chingaderas y te pones a traspasar los costales” le dice su padre de inmediato al ver que estaba comenzando a poner su cara de borrego a medio morir, muy obediente Jacinto va de regreso a su jacal deja las cosas junto a sus sarapes y corre de nuevo para el costado de la casa del patrón donde se encuentran aquellos costales.

Mientras se lleva los pesados costales a su cabeza, observa como aquella niña jugaba con sus amigos, Elena es su nombre, hija del patrón con la que siempre lo ponían a atenderla pero que tenía prohibido dirigirle alguna palabra, tiene aproximadamente catorce años, chaparrita, delgada, de pómulos rojizos y siempre sonriente, una niña que trataba mal a todos, pero que siempre llamaba a Jacinto, de hecho cuando Elena se aburría por la noches desde su balcón observaba como se la pasaba contando piedras Jacinto y como las aventaba al cielo, Elena sonreía involuntariamente de sus locuras, Jacinto nunca se percató ni se enterará de que lo veían. Sus amigos se encuentran jugando al trompo, se agarran de repente a golpes, Elena solo daba vueltas, y los tranquilizaba, y de nuevo seguían girando sus trompos, Jacinto solo siente como un gota de sudor empieza a escurrir sobre su cachete, aprieta el paso para ya dejar esos costales y regresar por otros, al parecer Jacinto aguantará tres horas de ida y vuelta gracias a la motivación que brindaba su enorme imaginación echándole ojos a aquella niña.[continuará]

Anne – Parte Final

…, no dudas que con ella compartirías todo, haces memoria como palpitaste cada centímetro de su cuerpo, de sus besos tenues, y la facilidad para abrazarla y cargarla; te quitas tu anillo, agarras el ramo y subes por las escaleras, te percatas que afuera comenzó una lluvia con relámpagos continuos, suspiras y abres la puerta, la luces se encontraban prendidas, en la sala se encuentra tu padre sentado, leyendo, que inmediatamente te mira y hace una sonrisa, “Hijo, vine tan pronto como vi al cielo” te dice, sin responderle a tu padre te diriges a tu recámara, se encuentra tendida la cama, ya no hay nada, ni un rastro de ella, regresas a preguntarle a tu padre si ha visto a una chica, y te dice con cara de sorprendido y apenado que no, dejas el ramo en la mesa de centro de tu sala, te sientas junto a tu padre, anonadado ves hacia arriba y vuelves a suspirar.

De un movimiento repentino agarras tu computadora, abres aquella red social, las buscas por su nombre y apellido, aparece como la número diez con ese mismo nombre, era ella, pero con un señor y una niña en su foto de perfil, tiene familia, y su muro indica que en esa misma tarde regresa a Inglaterra de donde proviene su esposo, sientes ahora un golpe en el estomago como si te quisieran reventar las tripas, con tu mano derecha puesta en tu frente, analizas de nuevo la noche, no le encontraste ningún anillo, te sientes como un tonto, empiezas a cerrar lo puños, deseas golpear, te paras, caminas alrededor de la sala, tu padre solo te mira con asombro, se levanta y te pregunta que si se tiene que regresar a su hotel, le respondes la mirada, recuerdas que siempre que te viene a visitar lo mandas a un hotel por las tantas citas nocturnas que obtienes, está vez le respondes que te aguante y sigue dando de vueltas tu cabeza, has pasado demasiadas emociones hoy.

Te vuelves a sentar junto a tu padre, tienes la cara roja, no sabes por donde escapar de tus pensamientos, y te tapas la cara con tu manos apoyadas en tus rodillas, otra vez tu padre te dirige la palabra, y te menciona que sabe perfectamente como te sientes, empieza a mencionar que cuando naciste comprendió por fin para qué vivir, y es que el hombre tiende a buscar que lo comprenda la mujer, y lo que realmente aprendió es que para encontrar un amor duradero no es buscar merecerlo, sino solo darlo sin esperar nada a cambio. Levantas la cabeza, ves a tu padre, le agarras la mano, le dices “Hoy no te vas al hotel, te quedas a dormir en mi cama y yo aquí en el sillón”.

Primer Borrador
Agosto-Septiembre 2012
Javier Galicia